Tipos de apego y la madre suficientemente buena

El ser humano, es un ser dependiente de su cuidador hasta casi los 30 años (en España), somos mamíferos y esta relación primaria con nuestra madre se fragua nuestro estilo de apego y este estilo se generalizará en las relaciones posteriores. Al principio de nuestra vida dependemos de nuestra capacidades sensoriomotrices (vocalización, orientación, movimiento…) para relacionarnos con nuestro entorno, según responda nuestra madre a ellas nuestro estilo de apego será una u otro.

Según Winnicot 1945, “la madre suficientemente buena emprende activamente experiencias lúdicas con su bebé asociandose así, los estados de elevada activación con el contacto personal y el placer, ayudando así al niño a tolerar los cambios rápidos en el nivel de activación”. ¿Que quiere decir esto? Que durante los juegos la madre y el hijo manifiestan un aceleración cardiaca simpática y después una desaceleración parasimpática tras las risas o las carcajadas. Por lo que la comunicación entre madre hijo se compone por señales generadas por el sistema nervioso autónomo, es una comunicación entre animal y animal. Estas interrelaciones enseña al infante a tolerar la alegría y  la emoción, y alientan el desarrollo de una “curiosidad investida positivamente que impulsa a la exploración por parte del yo en vías de expansión del entorno socioemocional y físico novedoso” (Schore, 2003). Cuando el margen de tolerancia es restringido y el niño no puede regular los afectos de forma eficaz, mostrará escasa tolerancia a las sensaciones tanto agradables y desagradables.

La madre suficientemente buena desempeña la labor de crear un apego seguro a través de la comunicación somática y verbal receptiva recíproca con su bebe. (Odgen 2006). Esto ocurre durante los 3 primeros años de vida del niño.

La madre es la que enseña al niño a emocionarse, por ejemplo cuando un niño se cae y se da un golpe la primera vez, lo que hará es sorprenderse (emoción neutra) y buscar la mirada de su madre, según reaccione emocionalmente ella, el niño asociará caerse como algo terrible o con una parte del juego. Si la madre cuando el niño se cae se asusta y se pone a llorar también, ya sabemos con que lo va a asociar el niño… o si le advierte con la frase como te caigas, ¡encima te voy a pegar!. En cambio una madre suficientemente buena tiene la capacidad para consolar y calamar a su hijo cuando se cae y reorientarlo de nuevo hacia el juego.

Los tipos de apego quedan reflejados en la expresión corporal y se ven reforzados por las tendencias físicas que lo reflejan. La memoria procedimental de nuestro estilo de apego están codificados en nuestra forma de buscar el contacto social (sonreír, aproximarnos, estrechar la mano, establecer contacto visual…) y nuestra forma de defendernos ( retracción física, actitudes de tensión, hiper o hipoactivación fisiológica…)

El apego seguro

Los niños con un estilo de apego seguro, emprenden la conducta de exploración en presencia de sus progenitores, manifiestan signos de echarlos de menos durante la separación, se aproxima a ellos sin ambivalencia en el reencuentro y con frecuencia suele iniciar un contacto físico. Un apego seguro es todo un logro tanto psicológico como físico, ya que proporcionará a ese futuro adulto de una potente protección frente a la psicopatología y la enfermedad somática. Los adultos con apego seguro pueden buscar la proximidad con otras personas  sin mostrar ninguna evitación o resistencia agresiva, y pueden tolerar las frustraciones y las decepciones dentro de las relaciones y cuando se sienten mal o alterados, son capaces de aceptar que los tranquilicen y los calmen. La personas con apego seguro se mueven de forma armoniosa y sus manifestaciones físicas son coherentes con su estado interior, lo que les facilita comunicar sus intenciones, sus estados de ánimo, sus deseos… de forma congruente y sin ambigüedades.

El apego inseguro-evitativo

Las madres de bebés con apego inseguro-evitativo frustran o bloquean activamente las conductas de búsqueda de proximidad del niño, respondiendo en su lugar retrayéndose o incluso apartando al niño a un lado (Ainsworth 2003 et al.,1978; Schore, 2003a). A estas madres no les gusta el contacto físico que no sea bajo las condiciones ellas mismas imponen. Suele mostrar gestos de aversión o disgusto cuando su hijo se acerca  ( se estremece, arquea la espalda, evita miradas mutuas…). El niño se adapta a esta comunicación no verbal y somática de inaccesibilidad  y afecto negativo, manifestando poca necesidad de estar cerca de la madre y mostrando poco interés por los intentos de establecer contacto  de los adultos.

Cuando tenemos un paciente con apego inseguro-evitativo tienden a retraerse en situaciones de estrés y evitan buscar apoyo emocional de los demás. Suelen mostrar  dificultades para estrechar la mano o dar un abrazo, suelen ser un poco torpes en estas situaciones que no fueron habituales para ellos durante su infancia.

El apego-inseguro ambivalente

La madre del niño con apego ambivalente es inconsistente e impredecible en sus reacciones frente a las demandas del niño, A veces permite o alentando la proximidad y otras no. El niño no sabe como reaccionará su madre ante sus necesidades, Su madre se relaciona con el va en función de sus propias necesidades emocionales y estados de ánimo anulando los suyos. Por ejemplo esta madre es capaz de poner más nervioso a su hijo cuando él esté intentando tranquilizarse.

Estos niños durante tanto en la separación con su madre, son muy cautelosos, desconsolados, enfadados y preocupados y angustiados. En el momento del reencuentro con su madre como norma general no se consuelan y normalmente continúan llorando en la presencia de esta.

Los niños con apego ambivalente son irritables, tienen dificultades para calmarse después de un evento estresante, les cuesta trabajo controlar sus impulsos, temen el abandono e inician conductas impulsivas. Una prueba de la ambivalencia son las conductas alternantes de enfado y rechazo con las de búsqueda de contacto en el momento del reencuentro con su madre después de la separación. Los adultos con antecedentes de apego ambivalente, suelen ser incapaces de reconocer la seguridad dentro de una relación. Les preocupan las necesidades de cariño, dependen excesivamente de los demás, suelen embarcarse en relaciones con excesiva intensidad con una preferencia por la proximidad.

 

El apego desorganizado/desorientado

Las madres de los niños con apego desorganizado/desorientado, Son madres atemorizadas o atemorizantes, muestran confusión respecto a su papel. (por ejemplo tratan de obtener consuelo del niño) desorientación (expresiones similares al trance, vagar sin rumbo en respuesta al llanto del bebé), conductas intrusivas (por ejemplo arrastralo de la muñeca, burlarse y reírse de él, negarle un juguete) retracción (no saludar al niño, no relacionarse con el, retirar la mirada) Lyons-Ruth, 2001. A veces las madres de estos niños suelen pueden abusar de ellos, desatenderlos gravemente o las dos cosas. Este cuidador es inaccesible y reacciona ante las necesidades del niño de forma inapropiada, el niño pasa demasiado tiempo hiperactivado en los casos de abuso y demasiado tiempo hipoactivado en los casos desatención dado que la madre no ofrece ningún tipo de consuelo en ambos casos.

Según Main y Solomon (1986,1990) hay siete categorías conductuales que indican este estilo de apego

  1. Conducta contradictoria secuencial como búsqueda de proximidad seguida de paralización.
  2. Conducta contradictoria simultánea, evitación combinada con búsqueda de proximidad.
  3. Conducta y expresiones incompletas interrumpidas o sin dirección, por ejemplo dolor acompañado de alejamiento de la figura de apego.
  4. Movimientos desincronizados, estereotipados o asimétricos y conducta extraña, anómala como tropezar cuando la madre está presente y no haber una explicación clara para el tropezón.
  5. Movimientos y expresiones indicativas de paralización, inmovilización y acciones “bajo el agua” ej: movimientos amortiguados, enlentecidos,”submarinos”)
  6. Aprensión hacia el cuidador con expresiones de miedo u hombros encorvados.
  7. Conducta que indica desorganización o desorientación como andar de un lado al otro sin rumbo aparente, afecto lábil o expresiones que denotan aturdimiento o confusión.

 

En conclusión, dado que somos mamíferos, y que todos provenimos de un vientre materno y que nuestro cerebro no termina de mielinizarse hasta los 3 años de vida, los cuidados que nuestra madre nos brinde en esos 3 primeros años de vida, nos acompañarán el resto de ella.

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